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Un chico lindo, demasiado lindo (3)

Relato enviado por : señoreduardo el 05/09/2015. Lecturas: 1595

etiquetas relato Un chico lindo, demasiado lindo (3)   Dominacion .
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Resumen
Continúan los padecimientos del chico en manos del grupo de perversos que lo tiene sometido.


Relato
Al día siguiente, cuando la “señorita” Rosa entró al baño por la mañana, el chico la recibió con un pedido:
-Señorita… le… le ruego algo… murmuró sentado en el colchón.
-Hablá. –lo autorizó la vieja.
-Yo… yo no viajé a Córdoba con papá y mamá porque… porque tengo que prepararme para rendir dos materias en marzo…
-¿Y entonces?
-Le pido que… que me deje estudiar para esos exámenes…
-¿Cuántas horas al día pensás que tenés que estudiar?
-Bueno, tres o… o cuatro horas…
-Está bien. Ahora son las nueve. Te doy hasta la una. ¿Tenés libros para estudiar o qué?
-Sí, varios libros. Los tengo en el comedor.
-Vamos al comedor y los traés acá. Vas a estudiar acá.
-Gracias, señorita Rosa. –dijo el chico incorporándose.
Ya de regreso en el baño con los tres libros, un bolígrafo y el cuaderno de apuntes, la “señorita” le dijo:
-A la una te traigo el almuerzo y se acabó el estudio hasta mañana. Comés y te ponés a trabajar como sirvientita. ¿Oíste?
-Sí, señorita… Gracias…
“Gracias…” -repitió la vieja para sus adentros. “Qué bien, parece que el nene va progresando.”
El chico sabía que le iba a ser muy difícil y tal vez imposible concentrarse para estudiar en medio de la situación terrible que estaba viviendo, pero lo intentaría como un modo de resistir. Pensó –y fue un consuelo en medio de la angustia- en ese intenso dolor que había sentido cuando don Benito lo violó.
“Nunca podría ser mariquita. Fue terrible tener esa cosa metida en la cola.” –se dijo. Recordó después la mamada que debió hacerle al viejo y lo invadió una sensación de asco. Pensó enseguida, con rabia y una dolorosa impotencia, en eso de ser llamado “sirvientita”. La vieja se fue y entonces tomó uno de los libros, se sentó en el colchón con la espalda apoyada en el inodoro e intentó concentrarse en la lectura.
A la una volvió Rosa con tres salchichas, un tomate en rodajas y un vaso con agua.
-Comé, mocoso, que en un rato te saco para que barras bien todo. Pero eso después de atendernos al viejo y a mí en el almuerzo. Queremos que nos sirva nuestra linda sirvientita. –dijo la dueña de casa y rió entre dientes para después irse dejando al chico sumido en la angustia.
Poco después estaba en la cocina de don Benito, con el viejo y la “señorita” sentados a la mesa, listos para almorzar servidos por el chico. Había un guiso humeante en una cacerola y una botella grande de gaseosa en el centro de la mesa, con un plato y un vaso ante la vieja y frente a don Benito, y un pan junto a cada plato. El chico permanecía de pie, con la mirada en el piso y esperando órdenes.
-Abrí la botella y servinos. –dijo Rosa. El chico obedeció y cuando estaba llenando el vaso de don Benito el viejo empezó a sobarle las nalgas. Sorprendido, el pobrecito apenas pudo evitar que algo de la bebida se derramara en la mesa y logró terminar la tarea mientras una mano del vejete seguía deslizándose por su culo.
-Oye, Rosa, ¿cómo anda ese desgarrito? ¿Cuándo podré volver a meterle mi polla? –preguntó don Benito después de apurar el primer trago de gaseosa.
-Tranquilo, viejo. Ya a partir de mañana vas a poder clavarlo todo lo que quieras. –contestó la “señorita” y dirigiéndose al chico le ordenó:
-Servinos el guiso.
El chico lo hizo y volvió a la posición que le había sido ordenada por la vieja mientras lo sacaba del baño: inmóvil, con las manos atrás y mirando al piso.
Don Benito estaba exultante luego de tan buena noticia.
-Espero no rompérselo nuevamente. –dijo.
-No, eso fue por ser la primera vez, pero mañana te la embadurnás bien con la vaselina, le untamos también el culito y no va a haber problemas.
El tema de la próxima violación fue tema excluyente de la charla entre ambos pervertidos, que el pobre chico escuchaba sumido en la más profunda desesperación.
Cuando terminaron de comer la “señorita” le ordenó que barriera enseguida la habitación de don Benito, porque el viejo quería dormir la siesta, que después volviera a la cocina para lavar todo y que por último continuara con el barrido de toda la casa.
-Ahí afuera vas a ver la escoba y la pala. Vamos, sirvientita, movete. –dijo y soltó una risita burlona que aumentó la angustia del chico. Mientras salía de la cocina, el pobrecito escuchó el comentario del viejo:
-Nunca pensé que pudiera existir un niño con semejante figura.
-Le sobra la pijita y le faltan las tetas para ser una nena. –agregó la “señorita”.
-Y lo mejor es que no es una mariquita, si lo fuera no me excitaría.
-¡Claro! Estoy totalmente de acuerdo, viejo. Es un varoncito tan lindo como una nena, pero un varoncito y eso es lo que calienta tanto.
Mientras se desarrollaba esta conversación, demostrativa del nivel de perversión de ambos, el chico barría la habitación de don Benito sin poder quitarse de la cabeza la idea de que al día siguiente sería nuevamente violado.
Y el día siguiente llegó. La “señorita” lo despertó a las nueve y el chico intentó vanamente concentrarse en el estudio hasta que, en un pico de angustia, arrojó el libro contra la puerta y se largó a llorar tendido sobre el colchón.
Semidormido lo encontró Rosa cuando a la una de la tarde le llevó un sándwich de jamón y queso y un vaso con agua.
Lo sacudió para despabilarlo y cuando el chico se sentó le dijo:
-Comé y después te ponés a trabajar.
-No tengo hambre “señorita” Rosa… Entiéndame, por favor…
Los labios de la vieja, apenas una línea en su rostro brujeril, se curvaron en una sonrisa maligna y dijo con tono burlón:
-Claro que te entiendo, bomboncito. No me preocupa que no quieras el sándwich, porque más tarde te vas a comer un buen pedazo. –y lanzó una carcajada mientras tomaba el sandwich y el vaso de agua.
-Bueno, y ahora a trabajar, sirvientita. –dijo y un instante después el chico estaba barriendo la galería con los ojos llenos de lágrimas.

……………

A las siete de la tarde sonó el timbre. Eran Ermelinda y Pola, convocadas para esa hora por la “señorita”. Venían empuñando sus cinturones, porque la función comenzaría con una buena zurra.
Camino al baño, la “señorita” entró en su habitación, salió poco después con un cinto y dijo:
-Oíme, Ermelinda, ¿no querés que uno de estos días te lleve al chico para que lo uses como sirvientita? A vos, Pola, no te lo ofrezco porque tenés inquilinos y sería imposible.
-No, está bien. –se resignó Pola y Ermelinda aceptó entusiasmada la propuesta:
-¡Pero, claro, Rosa! ¡Lo quiero ya en mi casa!
-Esta noche te lo llevo. –dijo Rosa y Ermelinda se frotó las manos mientras imaginaba el goce que le iba a deparar disponer del mocoso.
Ya en el baño y ante el chico la “señorita” le dijo mientras las otras dos se lo comían con la mirada:
-Date un buen baño, mocoso, tenés que oler rico para el viejo, jejeje…
El chico sintió un nudo en el estómago ante la inminencia de una nueva violación, pero al ver los cintos que empuñaban las tres viejas obedeció rápidamente.
-Lavate la cabecita también. –le ordenó Rosa y minutos después, ya seco y perfumado, fue llevado a la habitación de don Benito. Las piernas le temblaban cuando la dueña de casa llamó a la puerta.
Don Benito abrió y clavó en el chico una mirada lasciva. Lo tomó por las muñecas, lo atrajo hacia si y al ir a besarlo en el cuello detuvo el gesto y dijo con expresión codiciosa:
-Mmmmhhhhh, qué bien hueles, niño… -y recièn entonces lo besó varias veces en el cuello, los hombros y los labios, mientras el chico se debatía entre el deseo de apartarse y el temor a las viejas y sus cintos.
Don Benito le soltó las muñecas y le ordenó:
-Quítame los zapatos y las medias. –y el chico se arrodilló para cumplir con la tarea y cuando terminó el viejo le dijo:
-Quédate así. –y comenzó a desvestirse mientras sentía que su verga comenzaba a desperezarse.
Una vez sin ropas y mientras Rosa, Ermelinda y Pola disfrutaban de la escena en silencio, el viejo tomó al chico por el pelo, le enderezó la cabeza y le dijo:
-Venga, niño, ocúpate de ponérmela en forma con tus manitas… ¡Venga!
El chico tenía los ojos cerrados, para no ver la pija, vaciló al oír la orden y entonces la “señorita” Rosa le dijo en tono duro:
-¿Tenemos que darte para que obedezcas, mocoso?
-¡Abre los ojos, coño! ¡Mírame la polla! –lo apremió don Benito.y el chico los abrió sintiendo, además de angustia, cada vez más miedo ante la amenaza de la “señorita” y los gritos del viejo.
-¡No apoyes el culo en los talones! –le ordenó la dueña de casa y entonces el chico irguió el torso manteniendo las rodillas en el piso. Miró la pija semirrecta y la tomó con tres dedos.
-¡Agárrala como corresponde, coño! –gritó don Benito y el tono de su voz asustó al chico, que esta vez sí usó los cinco dedos para tomar esa verga que sintió endurecerse de a poco en su mano.
-¡Bésamela! – le ordenó el vejete y el chico acercó lentamente la boca a la punta del glande, vaciló durante algunos segundos y finalmente apoyó los labios.
-¡¿Me estás tomando el pelo, mocoso?! ¡Dije que me la beses!
Esta vez el chico besó de verdad el glande y el sonido de sus labios hizo que don Benito y las viejas prorrumpieran en exclamaciones entusiastas.
De inmediato el vejete insistió con su orden inicial y el chico debió aplicarse a lograr con sus manos la erección de esa verga. No le costó mucho y casi de inmediato la vio bien dura y totalmente enhiesta.
-Muy bien, niño. –aprobó don Benito ya muy excitado. Venga, abre ese morro que vas a chupármela un poco antes de que te la meta en el culo.
-¿Dejamos que se lo coja o antes lo azotamos? –consultó Ermelinda a las otras dos.
Pola y Rosa se miraron y la dueña de casa dijo:
-No, dejemos que lo use y después le damos. Me tiene caliente cómo lo está manejando Benito.
El chico siguió mamando esa verga ya muy dura dentro de su boca, que a veces le entrada hasta la garganta y lo ahogaba. Cuando eso ocurría, el viejo le tapaba la nariz con el dedo pulgar y el índice y reía ante la desesperación del pobrecito. Lo soltaba cuando se daba cuenta de que estaba a punto de asfixiarse y entonces le ordenada con tono imperativo que siguiera chupando.
Finalmente retiró su verga de la boca del chico y se dispuso a penetrarlo por el culo.
Las tres viejas pusieron al jovencito en la posición preferida del vejete: en cuatro patas, y lo mantuvieron sujeto mientras don Benito se ubicaba entre sus piernas.
-La vaselina. –pidió el viejo, y Ermelinda le alcanzó el pote. Don Benito se untó la verga y luego envaselinó el orificio anal de su víctima. Tomó la verga con su mano derecha y la dirigió hacia el objetivo. Apoyó la punta en el pequeño orificio y el chico se estremeció, aterrorizado por el recuerdo del intenso sufrimiento que había padecido cuando fuera violado por primera vez. El vejete comenzó a presionar con el glande en procura de consumar la penetración, mientras la señorita Rosa, Ermelinda y Pola mantenían fuertemente sujeto al chico para controlar sus desesperados corcovos. Por fin la verga comenzó a introducirse, primero parte del glande y poco a poco más y más hasta terminar enterrada por completo en ese tierno culito. El chico gemía de dolor y suplicaba vanamente en tanto el llanto le empapaba las mejillas.
La verga avanzaba y retrocedía una y otra vez. Don Benito tenía sus manos crispadas en las caderas de su víctima y jadeaba con fuerza, mientras las tres viejas gozaban sádicamente. Por fin el viejo aceleró el ritmo de la penetración, su respirar se hizo más agitado y de pronto lanzó un rugido bestial al tiempo que su verga despedía un chorro de semen caliente y el chico gritaba de dolor. Las viejas soltaron al chico y el viejo se derrumbó de costado en la cama, saciado y jadeando. El chico cayo boca abajo, sollozando y tomándose las nalgas en un intento inútil de calmar el dolor de su ano.
Pero su calvario no había concluido. Entre Rosa, Ermelinda y Pola lo tomaron de los brazos y lo pusieron de rodillas en el piso, junto al borde de la cama para después inclinarlo sobre ella.
-Benito, sujetalo, que no se mueva. –pidió Rosa y el viejo tomó al chico por las muñecas para inmovilizarlo.
Rosa y Ermelinda se ubicaron a la derecha del jovencito y Pola a la izquierda, contemplando las tres con ojos llenos de morbo ese hermoso culito que se les ofrecía indefenso.
El primer cintarazo se lo dio la “señorita” Rosa, haciéndolo corcovear y obligando a don Benito a sujetarlo con más fuerza.
Enseguida se sumó Pola y luego pegó Ermelinda dejando la tercera marca rosada sobre piel blanca y suave. La paliza siguió en ese orden: pegaba Rosa, luego Pola y después Ermelinda y a cada azote el pobre chico gritaba y rogaba en vano mientras movía las caderas a un lado y al otro y trataba de soltarse de las manos de don Benito.
-¡Aaaaaaaaaaaaayyyyyyy!, ¡No, nooooooooooooo! ¡Por favor, nooooo!
En determinado momento, cuando el culito se veía ya bien rojo y las viejas jadeaban de sádica excitación, la “señorita” sintió deseos de pegarle en los muslos y entonces hizo que lo acostaron de espaldas, con don Benito sujetándolo por las muñecas detrás de la cabeza mientras Ermelinda y Pola le mantenían las piernas abiertas y estiradas hacia arriba. En esa posición el chico exhibía en plenitud el interior de sus muslos y en esas delicadas zonas comenzó a azotarlo la vieja. A cada cintarazo el chico gritaba y se retorcía, pero lo mantenían bien sujeto y nada podía hacer para evitar el castigo. La piel se iba coloreando cada vez más hasta que por fin lució tan roja como lo estaban las nalguitas. El pobrecito lloraba desconsoladamente mientras sus maltratadores respiraban con fuerza por la boca, mostrando en sus ojos toda la lujuria que les provocaba la situación.
El chico era la imagen misma del sufrimiento, llorando desmadejado sobre la cama, y sin dejar de mirarlo Ermelinda dijo:
-Esta noche lo vengo a buscar, Rosa, y lo traigo de vuelta mañana a la noche.
La dueña de casa se mostró de acuerdo y entonces don Benito dijo:
Oigan, deberían ustedes trabajarle el culito un rato todos los días para que se le vaya abriendo un poco. Me cuesta mucho metérsela.
Luego de un instante de sorpresa, las tres encontraron muy excitante el pedido.
-¡Claro que sí, viejo! –dijo Rosa entusiasmada y mirando a las otras dos.
-Será un placer. –coincidió Ermelinda.
-¿Con los dedos o con algún objeto? –quiso saber Pola. –Tengo un precioso envase de desodorante que…
-¡No! –la interrumpió don Benito. -¡Nada de esas cosas! A ver si me lo desgarráis y debo pasarme días sin poder follarlo.
En eso quedaron, en trabajarle un rato el culito con los dedos a diario, para facilitar la penetración aunque sin excederse.

…………….

Esa noche Ermelinda fue a buscar al chico a la hora convenida, las diez.
La “señorita” lo tenía listo, con un jean y una remera y descalzo.
-Ya comió. –dijo Rosa. –así que podés usarlo sin perder tiempo. Ponelo a limpiar o lo que se te antoje.
Ermelinda lo tomó por un brazo y mientras iban camino a la puerta de calle dijo:
-Voy a empezar por eso de trabajarle el culito. –y su boca dibujó una sonrisa lasciva.
-Mañana traelo a esta misma hora. –pidió Rosa y luego de asentir y despedirse Ermelinda recorrió con el chico los cincuenta metros hasta su casa. Una vez adentro, en el living que daba a la calle, le ordenó que se desnudara y mientras el chico obedecía bajó la persiana para evitar eventuales miradas indiscretas. Cuando el pobrecito estuvo sin ropas, la vieja comenzó a girar alrededor de él, lentamente, solazándose con la belleza ambigua de ese cuerpo adolescente, con esas deliciosas nalguitas que aún mostraban las huellas del castigo. El chico permanecía con la cabeza gacha y atemorizado.
La vieja detuvo por fin su paseo circular y de frente a su presa dijo sonriendo malévolamente:
-Bueno, vas a ser mi sirvientita, ¿oíste?
-Sí… pero… yo no soy una nena… -se atrevió a contestar el chico, rabioso por el tratamiento ofensivo de su masculinidad que le daba la vieja.
Dispuesta a no permitirla la más mínima indisciplina, Ermelinda le enderezó la cabeza tomándolo del pelo y le dio una bofetada.
-¡No vuelvas a insolentarte, mocoso! –dijo y volvió a pegarle tan fuerte que le hizo saltar las lágrimas.
-¡De rodillas! –le ordenó con tono imperativo, y el chico, asustado, se hincó de inmediato.
-Ah, bueno, así me gusta, que entiendas quién manda, precioso. Ahora parate y seguime. –le dijo la vieja y lo llevó primero al baño, donde tomó del botiquín un pote de crema para manos, y enseguida al dormitorio. Se sentó en el borde de la cama y el chico debió tenderse boca abajo sobre sus rodillas. Ya en esa posición, que lo dejaba totalmente indefenso, comenzó a temblar de miedo imaginando que iba a recibir una nueva paliza. Pero no era ése el propósito de Ermelinda, que había dejado el pote en la cama, junto a ella.
-Estás temblando, bomboncito. No te asustes que no te voy a pegar. –le dijo. Es otra cosa lo que quiero hacerte. –y comenzó a deslizar su mano derecha por las nalgas del chico. –Quiero jugar un poco con tu lindo culito. –y siguió sobando las apetecibles redondeces, descendiendo cada tanto por los muslos y volviendo luego a la cola. Disfrutaba de la sorprendente tersura de la piel, de la firmeza de esa carne que ofrecía una excitante resistencia a sus dedos cuando éstos, cada tanto, cambiaban caricias por presiones.
“Lástima que a fin de mes esto se nos termina.” Pensó en el momento en que su mano ascendía una vez más por el muslo derecho del jovencito hacia las nalgas. Deslizó esa mano unos segundos por ambos cachetes y luego tomó el pote de crema y puso un poco en la diminuta entrada. El chico se movió inquieto al darse cuenta de lo que venía.
-Quieto, potrillo, o voy a tener que quitarte los corcovos con el cinto. –le advirtió la vieja y entonces el chico prefirió no resistirse para no ser golpeado con la crueldad de esa tarde.
-Si te azoto podría lastimarte, bebé. Tenés la colita roja, irritada todavía. Así que portate bien. Además, después de tragarte la pija de ese viejo, ¿qué te pueden hacer mis dedos? –le dijo Ermelinda y rió entre dientes. Se puso crema en el dedo índice y en el medio y apunto con el índice para empezar a meterlo poco a poco mientras el chico movías la caderas a un lado y al otro. No sentía dolor, pero sí una sensación intensamente desagradable que se acentuó cuando, después de meter la primera falange del dedo medio, Ermelinda dobló el índice y lo alargó después hacia la entradita para introducir ambos dedos de un solo envión hasta los nudillos. El chico gimió y olvidando la amenaza de su violadora se puso a corcovear en un vano intento de expulsar de su cola esos dedos invasores. La vieja los movía no sólo de atrás hacia delante y de adelante hacia atrás, sino también en redondo, en cumplimiento de lo que esa tarde había pedido Benito: trabajarle el culo para abrirlo un poco y que la penetración no le costara tanto.
Ese movimiento en redondo sí le dolía al chico y entonces gemía exacerbando el morbo de Ermelinda. Al cabo de algunos minutos decidió que era suficiente y quitó los dedos.
-Parate, bebé. –ordenó y con el chico ya de pie le preguntó:
-Decime, rico, ¿qué sentís cuando Benito te coge?
El chico se puso colorado.
-Te hice una pregunta. –insistió la vieja con tono imperativo.
-Me… me duele… Me duele mucho…
-¿Y cuando se la chupás?.
Otra pausa hasta que por fin llegó la respuesta.
-Asco… me da asco…
-Yo pensé que te gustaba, con ese cuerpito medio de nena que tenés …
-¡No! ¡nooooooooo! –se atrevió a gritar el chico.
-Ermelinda lanzó una carcajada.
-Bueno, nene, pero te guste o no vas a seguir tragándote esa verga por el culo y por el hocico. –y volvió a reír sumiendo en la angustia al jovencito.
Enseguida lo tomó de un brazo y lo llevó a la habitación que había pertenecido a su hija antes de casarse y que desde hacía unos años estaba desocupada, pero lista para recibir a algún huésped.
La vieja lo metió adentro de un empujón y le dijo:
-Dormí que mañana te despierto temprano, sirvientita, ¡jajajajajajajajajaja! –y se fue cerrando la puerta con llave.
Esa noche apenas pudo conciliar el sueño de a ratos y estaba despierto cuando Ermelinda entró a la habitación a las ocho de la mañana. Estaba tendido boca abajo en la cama y la vieja lo recorrió de arriba abajo con mirada lujuriosa.
Se acercó a la cama y le dio un chirlo en la cola.
-Arriba, sirvientita, vamos que tenés mucho que hacer.
Ante la nueva ofensa, el chico se refugió en la idea del regreso de sus padres.
“Cuando vuelvan esto se termina.” Se dijo mientras se incorporaba y seguía a la vieja hasta la cocina.
-Vas a prepararme el desayuno, sirvientita. Ahí tenés todo: el pan lactal para hacerme dos tostadas con manteca y mermelada, y una taza de café con leche, la leche está en la heladera. ¡Vamos, movete! ¡movete, siervita!
El chico comenzó a hacer lo ordenado sintiendo rabia, humillación y miedo al mismo tiempo. Preparó las tostadas, las untó con manteca y mermelada, vertió en la taza un poco de café que había en la cafetera, calentó leche en el jarro metálico depositado sobre una de las hornallas de la cocina y acercó todo a la vieja, que esperaba sentada en la cabecera de la mesa, siguiendo todos los movimientos del chico y deleitándose, una vez más, con ese cuerpito dotado de una belleza ciertamente muy especial.
Cuando terminó de desayunar le hizo beber al chico un vaso de leche y luego lo tuvo varias horas haciendo tareas domésticas: barrió toda la casa, limpió el baño, pasó el plumero por el living, el dormitorio de la vieja y la pieza en la que él había dormido, baldeó el patio temiendo ser visto por algún vecino del edificio de departamentos de al lado y, por último, lustró con blend todos los muebles. Durante todo ese trabajo la vieja lo siguió cinto mano, dándole cada tanto algún azote sólo por el gusto de pegarle.
Era el mediodía cuando todo estuvo hecho y Ermelinda tenía ganas de retomar el juego con el culito del chico. Decidió hacerlo después del almuerzo y entonces puso al jovencito a cocinar. El menú era un bife de costilla a la plancha y ensalada de lechuga, tomate y cebolla. El chico debió prepararlo todo y después atender a la vieja en la mesa. Cortarle una nueva rebanada de pan y reponer gaseosa en el vaso. Para eso tuvo que permanecer de pie junto a la mesa, mirando al piso y con las manos atrás.
Más tarde, el oprobio de estar otra vez en el dormitorio boca abajo sobre las rodillas de Ermelinda, con esos dedos que invadían su colita, ultrajándolo, sumiéndolo en la humillación al punto de hacerlo llorar.

……………

A la hora indicada, las diez de la noche, Ermelinda devolvía al chico a su casa, donde fue recibida por la “señorita” Rosa.
-¿Cómo se portó? –quiso saber la dueña de casa.
-Fue una buena siervita. –contestó Ermelinda entre risitas burlonas. Te cuento que empecé con eso de trabajarle el culito para abrírselo un poco.
-Ah, muy bien, yo sigo mañana, antes de que el viejo vuelva a cogérselo.
El chico escuchaba humillado el diálogo, con la mente puesta en el regreso de sus padres, ignorando que ese regreso no lo libraría de su servidumbre sexual en manos de ese siniestro grupo de pervertidos.

(continuará)




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